Volvimos a Finlandia. Pasamos como 8 días en Rusia (no estoy del todo seguro del número exacto) y anoche nos tomamos un tren y después de 12 horas llegamos acá y estamos de vuelta en el camping.
De Rusia queda el tamaño de todo ahí, desde las cuadras, las personas, los edificios y las comidas. Visité lugares, hice sociales, aprendí alguna cosa que otra, pero más que nada aproveché los hoteles. Tener varios días de no tener que pensar, de no hacer kilómetros y kilómetros en la camioneta, de armar y desarmar la carpa todos los días la verdad que fue muy disfrutable. Igual creo que quedé un poquito en evidencia porque anoche ya en la estación de trenes vino Marcel, el encargado del grupo en Rusia, y me preguntó si yo era Joaquín, le dijé que sí y él me dijo que no me veía desde San Petersburgo, lo cual le resultó muy gracioso a los vivitos de la kangoo.
Ya está resultando llamativa en el grupo mi poca pasíon por el desayuno, soy como un bicho raro acá. Todos desayunan y se levantan antes y todo y yo no desayuno nunca. En Rusia teníamos siempre desayuno en el hotel y yo fui sólo una vez y esa vez aparte lo único que hice fue tomarme dos vasos de jugo de naranja. El tema es que ceno tanto que ya guardo un porcentaje de esa cena que se transforma en desayuno. Me preguntan como es que aguanto hasta el mediodía sin comer nada, y la verdad es que podría seguir perfectamente hasta la cena o más. No tengo hambre nunca, cuando como puedo comer un montón, pero si paso un día entero sin comer nada no pasa nada. No como para llenar el tanque, por la necesidad fisiológica, como porque está buenísimo comer.
Otra cosa que estuvo bueno de Rusia fue volver a ser rico después de mucho tiempo. Pasamos de los nórdicos que son increíblemente caros a un país muchísimo más barato y que aparte ya teníamos el hospedaje pagado. Eramos burguesía. Yo me saqué bastante menos del viático asignado y tuve que esmerarme para gastar toda esa plata en comida. Hasta tuve que comprarme una camiseta, sino me sobraba.
Esta fue la última vez que dormimos en la misma habitación con Rodrigo. Ya hasta camas asignadas teníamos sin necesidad de hablarnos. Yo siempre dormí en la cama de la derecha y él en la de la izquierda. Voy a pedir un minuto de silencio por el final de esto tan bello.
Como mandan las reglas del visitante a Rusia tuve que comprarme una matrioshka. Aclaro que no son mamushkas, son matrioshkas, mamushka quiere decir mamita, y lo usan menos para las muñequitas y más para las minas los rusos. La matrioshka es posiblemente la tipiquez de un país más fea y al pedo que existe, pero bueno, no tenía otra y compré 3. Había comprado 2 y mi novia me mandó a comprar más. Hay una que venía por pedido, así que tengo 2 sin dueño. Espero que no, pero es probable que mi novia quiera una, así que una va a la bolsa de regalos sin nombre junto con unos vasitos metálicos que vienen en un estuche tipo cuero que la verdad no se por que compré.
La feria donde las compré era una cosa muy muy extraña. Habían muchísimos puestos de matrioshkas, posters y cosas típicas para turistas, pero a medida que te ibas metiendo más empezaba a ponerse rara la cosa. Empezabas viendo armas soviéticas cada tanto mezcladas con otras cosas muy viejas, y en un momento cuando mirabas alrededor habían minas, misiles, bombas, ametralladoras, rifles, cascos oxidados, una especie de armadura metálica llena de marcas de balas. Cuando se te ocurría que capaz que podía ser peligroso estar al lado de 8 misiles y bombas y alguna mina desenterrada de algún bosque y situada precariamente arriba de otro misil, caminabas tres pasos y te encontrabas con un ruso gigantesco jugando con una ak-47. No era para impresionables.
El tren de vuelta estuvo bastante interesante. Muy parecido al de ida lo único que eran unas horas más y se cruzaba una frontera, por lo que los trámites se hacían ahí arriba. El tren estaba bastante muerto. Después de haber oído cuentos de los viajes en este tren de años anteriores estaba esperando algo bastante más movido, pero salvo dos o tres grupitos aislados, todos estaban durmiendo a la media hora de viaje. Yo me recorrí dos vagones y cuando llegué al mío todos estaban desmayados.
Vos cuando entrabas al tren tenías que darle el pasaporte a una especie de azafata, y cuando cruzabas la frontera venían, te despertaban y te hacían llenar un papelito y te devolvían el pasaporte. Una cosa que les encanta a los de la frontera es despertarte. Me despertaron cuando el tren paró a las 7, no pasaba nada y me dormí, media hora después me despertaron, me hicieron llenar un papelito y me devolvieron el pasaporte. Cuando le iban a dar el de Badetto, que era uno de los de mi camarote, el ruso miró la foto y se lo iba a dar a Rodrigo. Le dijimos que era del otro y ahí agarró el pasaporte, miró la foto y a Badetto un buen rato y después le preguntó la fecha de cumpleaños para creerle que era de él. Estaba clarísimo que era él, porque no se parecía ni un poquito a Broquetas, pero para mi que se hizo el boludo, como cuando errás un gol en la boca del arco y te hacés el rengo después. Me hubiera gustado ver que hacía si le daba el pasaporte a Rodrigo cuando llegara al de él de verdad.
Hoy llegamos de vuelta acá al camping de donde salimos para Rusia. Mi camioneta estaba con toda la intención de ir hasta Helsinki, pero otra gente tiró media pálida y ya la idea de quedarse morseando acá tomó muchísimo atractivo y acá estamos haciendo nada.
Mañana salimos para Tallin y a las 19:30 levanto a mi novia del aeropuerto después de 5 meses sin verla y arrancamos un mes y 10 días de viaje por Europa en pareja.
Hoy mi hermana chica cumple 18, así que le mando un feliz cumpleaños. La ventaja de ser la más chica es que ya tiene 18 y sigue siendo la pobrecita chiquitita. Yo cuando tenía 18 era un pelotudo y ya llevaba como 5 o 6 años de cargar el lavarropas cuando se llegaba a Las Toscas.
Como le toca el cumple a Luli, sale cuento de ella. En realidad el cuento lo mata más a mi hermano que a ella, pero es el que me viene a la mente primero. Resulta que cuando era chiquita, onda 2 o 3 años vivíamos todos en Varela y un día estábamos los cuatro en el living y Lucía dice "uy, tengo ganas de hacer pichí", acto seguido se baja los pantalones y empieza a correr hacia el baño mientras hacía pichí dejando un rastro todo a lo largo del pasillo. El problema fue que mi hermano la quiso frenar, así que salió corriendo atrás de ella. Resulta que las baldosas de cerámica mojadas con pichí son bastante resbalosas, así que como resultado de la buena intención de mi hermano de alcanzar a Lucía mi madre después tuvo un tramo menos de pasillo que lavar, aunque sí tuvo que agregar un pantalón y un buzo a la lavarropas. Para cuando Lu alcanzó el baño, ya no tenía más ganas de hacer pichí.
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